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sábado, 22 de junio de 2013

LUNA LLENA SOBRE CABO SUNION

Image Credit & Copyright: Anthony Ayiomamitis (TWAN)
Luna llena sobre Cabo Sunion, en el Egeo. Buen destino de Vacaciones.

lunes, 31 de mayo de 2010

LOS MONASTERIOS DE METEORA


Los Monasterios de Meteora, (meteora en griego significa “suspendido”) están localizados al norte de Grecia.

Están clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el año 1988, son construcciones encaramadas en la cumbre de impresionantes masas rocosas grises, talladas por la erosión y llamadas Meteora. Se encuentran hasta una altura de 600 metros y están habitados desde el siglo XIV.

Las formaciones rocosas donde se construyeron los monasterios serían según los antiguos escritos cristianos "las rocas enviadas por el cielo a la tierra" para permitir a los ascetas retirarse y rezar.

En el emplazamiento de estas imponentes masas rocosas se encontraba, hace cientos de miles de años, un gran río que desembocaba en el mar de Tesalia. Cuando este río encontró una nueva salida en el Mar Egeo, este macizo, bajo la acción de la erosión y los terremotos, se hundió y dio nacimiento a este extraño paisaje.

Los primeros monjes que habitaron los Meteoros en el siglo XI, eran ermitaños que vivían en las cuevas y que querían estar más cerca del Creador.

Los primeros monasterios se fundaron en el siglo XIV, fueron construidos con el fin de escapar de los turcos y de los albaneses de la época. Athanasio, expulsado del Monte Athos, fundó el Gran Meteoro o Monasterio de la Transfiguración con varios de sus fieles. Está situado a 613 metros sobre el nivel del mar y esconde una iglesia de estilo bizantino que atesora las reliquias del fundador y unos valiosos frescos multicolores que relatan las persecuciones y martirios que sufrieron los cristianos. Fue seguido por otras comunidades, hasta un total de 24 en el momento del máximo apogeo en el siglo XV que ocuparon los peñascos de la región.


sábado, 22 de mayo de 2010

ATARDECER EN CABO SUNION


El cabo de Sunión o Sunio, (en griego Σούνιον) está localizado a 65 kms al sureste de Atenas, en el Ática. En la antigüedad, el promontorio fue usado para divisar a los barcos que se acercaban a Atenas antes de que arribaran.

El cabo Sunión era, según la leyenda, el lugar donde Egeo se habría lanzado al mar. Su hijo Teseo había convenido con él que si salía victorioso de su combate con el Minotauro, izaría velas blancas en su barco, mientras que si moría, la tripulación debería dejar en el barco las velas negras en el mástil. Egeo vio llegar a lo lejos el barco ennarbolando grandes velas negras, porque Teseo había olvidado izar las blancas, y desesperado se tiró de lo alto de las rocas al mar. De él proviene el nombre del Mar Egeo.

El cabo Sunión es especialmente famoso por las ruinas de dos templos que dominan el mar, uno dedicado a Atenea, el otro a Poseidón. El poeta romántico inglés Lord Byron, que luchó y murió por la independencia de Grecia, grabó su nombre en una de las columnas de este último.




viernes, 7 de agosto de 2009

LA ITALIA HELÉNICA, LA MAGNA GRECIA


Por XAVIER FEBRÉS, Siracusa

SIRACUSA, TRAS LOS PASOS DE LA MAGNA GRECIA

El territorio del sur de Italia, colonizado por los navegantes hace 3.000 años, era tan próspero que pasó a ser conocido como El Dorado de la antigüedad.

• Hubo un tiempo en el que la ciudad siciliana fue la segunda urbe de Grecia. Hoy juega un papel secundario en la región, pero conserva tesoros como el museo o las ‘passeggiattas’ al atardecer.

SIRACUSA

Cuando 3.000 años atrás navegantes fenicios y griegos del Mediterráneo oriental se aventuraban más allá de sus costas, huyendo del hambre y abriendo nuevos mercados, el estrecho siciliano de Mesina era la temida boca del mundo desconocido. Enfrentados a leyendas y superados los miedos, los primeros colonizadores descubrieron en la isla de Sicilia una tierra más feraz que feroz.
La prosperidad de las nuevas ciudades griegas del sur de Italia llevó a esta región a ser conocida como Magna Grecia, en un sentido de ampliación más que de superioridad. La Sicilia griega alcanzó a sumar 1.300.000 habitantes en el siglo V a. C., un nivel que no recuperaría hasta el siglo XVIII. Siracusa tuvo entonces un censo de 200.000 personas que todavía no ha recuperado. La Magna Grecia fue el Nuevo Mundo, la América griega, y se convirtió en la Nueva York helénica, la segunda ciudad en importancia tras Atenas.
Los siracusanos de hoy se consideran más griegos que los fenicios de Catania o los árabes de Palermo. En realidad, Siracusa juega actualmente un papel subalterno en comparación con la vecina segunda ciudad siciliana de Catania, que se encuentra únicamente a 70 kilómetros, la duplica en población y cuenta con aeropuerto.

Tradiciones perdidas

Hoy, la ciudad vieja siracusana, en el barrio de Ortigia, sigue actuando de centro urbano y despunta por tres factores derivados de su pasado. Primero, por la estratégica lámina de agua mansa del Porto Grande. En segundo lugar, por uno de los poquísimos museos arqueológicos de toda la cuenca mediterránea que por su modernidad despierta entusiasmo al esforzado visitante de museos. Finalmente, por la plaza del Duomo, considerada como una de la más bellas de Italia, lo que constituye un superlativo poco trivial.
La bahía siracusana ha generado afortunados lungomares o paseos marítimos urbanos, escenarios de las tradicionales passeggiatas del atardecer, concretamente de la passegiata a mare. Más que una tradición, es una expresión de cultura, ya perdida en la mayoría de otras ciudades invadidas por los coches o afligidas por el ritmo de vida desenfrenado. En Siracusa, a la hora del aperitivo previo a la cena, una visible proporción de la población comienza a deambular lentamente arriba y abajo en un itinerario establecido, sin más objetivo que tomar el fresco, saludarse, chusmear y caminar un ratito en sociedad.
Representa un instante amable del colectivo humano, un punto de suspensión en el mundo de la vida globalizada, un recuerdo de antaño que sorprende reencontrar en versión original. Las agencias de viajes no organizan vuelos chárter para acudir a la passeggiata vespertina en el lungomare de Siracusa, aunque tendría más atractivo que otras cosas que proponen.

Museo ejemplar

Los autocares desembarcan a los visitantes en el yermo desolado del teatro griego de Siracusa, el segundo en dimensión de la órbita helénica, con 15.000 localidades en las gradas. No queda más que el hoyo, sin ningún elemento que amenice el lugar. El tíquet de entrada al teatro griego ofrece una segunda visita resignada al vecino museo arqueológico. Entonces se produce la sorpresa. Poquísimos museos arqueológicos pudieron estrenar las instalaciones en 1988 como lo hizo este. No es solamente uno de los principales de Europa por sus fondos, sino que también lo es por la astucia de las instalaciones, dentro de lo que supone estar ubicado en los parámetros de una pequeña ciudad.
Su pieza más famosa, la Venus Anadiómena o Venus Landolina (es decir, surgida de les aguas o bien designada con el nombre del arqueólogo que la descubrió en 1804, Saverio Landolina), se ha visto muy bien colocada en un cruce de pasillos para subrayar la concupiscencia que a veces puede despertar un trozo de mármol. La piedra descabezada y manca de la Venus de Siracusa emite una sensualidad turbadora por la elocuencia de las formas corporales y el instante sugerente que evoca la salida del baño. Sostiene con la mano, frente al pubis, el ropaje que cae alrededor de las piernas, y describe con los pliegues una concha destinada a enmarcar la mitad inferior de la figura sin ocultar su trasero, proporcionado de forma eminente.
En las páginas del libro El pont de la mar blava, uno de los poquísimos intentos de volver a trazar los rastros de la expansión medieval catalana en el Mediterráneo, Lluís Nicolau d’Olwer comprobaba en Siracusa el debate suscitado por dicha Venus: “Contemplen esta soberbia factura anatómica, observen la morbidez de estas carnes que la mano apresaría. Reparen en el leve temblor de este hombro, como si acabara de herirlo un aliento frío. Fíjense en la vida que toma todo su cuerpo de las vetas apenas visibles del mármol. ¿No quieren que sea la diosa naciente de les olas? Bien: es una mujer saliendo del baño. Es la mujer en la plenitud seductora de sus gracias. ¿No tiene cabeza? Mejor. Sobre el cuerpo turbador y admirable pónganle la cabeza soñada, la de los ojos en que amen reflejarse, la de los labios que les resulten más dulces”.
El tercer gran privilegio de Siracusa es la plaza del Duomo, una rambla de reducidas y agraciadas dimensiones cerrada al tráfico rodado en el centro histórico, uno de los puntos donde la belleza urbana de la Italia barroca provoca la fascinación más adictiva. Concentra el ayuntamiento y el palacio arzobispal, además de terrazas de café igualmente institucionales. Basta con sentarse en ellas y dejar pasar el tiempo para que se produzca el milagro, la posesión fugaz de la belleza.

Via: El periódico.com

domingo, 7 de junio de 2009

BAJANDO EL EGEO



1 de junio de 2009.- Estambul, Esmirna, región de Éfeso..., es lo que llevamos visitado en estos primeros cuatro días de viaje. Un poco a uña de caballo, la verdad, a causa de que en esta clase de recorridos con programa de estudios incorporado tarda en cogerse el ritmo: hay que balancear muy bien lo que interesa al grupo (este año lo hemos dedicado a Roma y primeros cristianos) y la información básica necesaria para conocer el territorio que se pisa (en plan turista medio).

Total, que vamos muy pillados, y entre lo uno y lo otro las jornadas se alargan y se espesan, cosa que no ayuda en nada a lo que venimos a hacer: sentir el sentido, digamos.

Para colmo, se nos juntan los amados griegos nacidos en este Asia Menor: Homero, Heródoto, los milesios, Heráclito..., a quienes estudiamos en años pasados y que tiran enormemente del grupo, más allá y con más gracia afectiva que romanos, bizantinos y cristianos (con los que la emoción ha de esforzarse más). Es decir, estamos viviendo varias tensiones que habremos de solucionar en los próximos días.

En Estambul, por ejemplo, apenas tuvimos tiempo para armar nuestra lección sobre sufíes en una escuela coránica (cosa que teníamos proyectada con la máxima prioridad), y que había obligado al profesor Pablo Quintana a trasladarse desde Madrid para pasar con nosotros un día y dictarla, marchándose a continuación. Poco más, y se vuelve como ha venido. Un apuro, porque el guía, proporcionado por la agregación cultural de la embajada de Turquía en Madrid, se obcecaba en que hiciéramos su programa y no el nuestro, en el afán de hacer su trabajo sin mácula. Pero era su mácula o la nuestra.

Leímos textos de sufíes españoles, debatimos, escuchamos a Quintana, y todo eso duró hora y media, lo que trastabilló rudamente el horario del guía. Además, hubo quien perdió tiempo por su cuenta en el Gran Bazar, buscando las famosas alianzas turcas desmontables e irrecomponibles (sobre todo sin son de seis aros: alguno ya se ha quedado sin ella), y se temió por que nos dejaran tirados de pura incomprensión.

En Esmirna besamos la tierra de Homero, y nada más llegar al templo de Artemisa en Éfeso hicimos nuestras ofrendas, según los cánones antiguos y en pos de fortuna (sobre ello no puedo precisar más, pues se malograrían los efectos del misterio).

Hoy nos hemos dedicado a visitar lo que queda de la ciudad de Heráclito (que aún queda, por raro que parezca, a pesar de los expolios de nuestros compadres con museos, y de romanos y otras bandas que la diluyeron sucesivamente), bajo un sol de bronce capaz de derretir la sesera (objetivo que ha conseguido). Bueno, bien. Pero aquí no hay dioses, comenta María Ryan, una de las peregrinas: exceso de lupanares, bibliotecas de patricios dedicadas a papá, letrinas conservadas como monumentos a deidades, odeones... Más que nada, dice, hay sujetos con ganas de perpetuación, al estilo del que se hace un linaje, pongamos.

Esta zona de Turquía, al menos, está bastante esquilmada: cierto que con el beneplácito de cristianos acérrimos y sultanes, que no querían ver paganismo ni cuerpos escultóricos por ningún lado. De todas maneras, cuando uno divisa la montañosa Samos a pocos kilómetros, no puede menos que evocar a Epicuro: "Coge tu barca, oh, hombre mortal, y huye a velas desplegadas de toda forma de cultura".

Por cierto, el cordero de los restaurantes también evoca tiempos pretéritos.



sábado, 7 de febrero de 2009

CRETA: LA CIVILIZACIÓN MINOICA



Recibe este nombre, dado por Sir Arthur Evans en honor del mítico rey Minos, la civilización floreciente en Creta desde el año 2000 a.C. Cuyo predominio e influencia en el mundo Egeo son manifiestas, con una evolución en la Edad del Bronce muy distinta y propia. Su situación geográfica y la riqueza de su suelo le proporcionaban pocos recursos minerales, pero en la parte este y centro grandes praderas y mesetas pastorales, olivos, vides, robles, cipreses y en las partes norte y este playas protegidas favorables para el atraque de barcos de todo tipo. Si seguimos las noticias de Creta que da Homero en la Odisea, la población cretense era una población mixta conformada por cidonios, eteocretenses y pelasgos, pueblos de los que, aparte del nombre, apenas se sabe nada.



Via: TERRA ANTIQVA

sábado, 24 de enero de 2009

EL LÍBANO, UN VIAJE EN EL TIEMPO

Templo de Júpiter - Baalbeck

Jesús Lens Granada http://www.ideal.es/ 18/01/2009

Es el polvorín de Oriente Próximo, pero recorrerlo permite conocer la historia de la humanidad en una magnífica lección de vida y alegría.

Sabiendo que limita al sur con Israel y al norte con Siria, es fácil entender que los escasos diez mil kilómetros cuadrados que conforman el Líbano son una de las zonas más calientes del planeta, geoestratégica y políticamente hablando.
Crisol de razas, credos y nacionalidades, en el Líbano conviven en precario equilibrio musulmanes sunnitas, alauitas y chiítas con cristianos ortodoxos, maronitas y drusos, lo que confiere al país mediterráneo una riqueza étnica y religiosa que, a veces, parece haber sido una maldición para un estado cuya accidentada geografía se adapta perfectamente a la complejidad social que le resulta característica. En apenas un puñado de kilómetros, el viajero pasa de estar en las altas cumbres nevadas de la Cordillera del Líbano a poder relajarse en la orilla del Mar Mediterráneo.
Todas estas diversidades, además, se dan en un país que viene siendo actor principal de la historia de la humanidad desde tiempos inmemoriales. Porque si el Líbano es el país de los fenicios por excelencia, por sus tierras han pasado todas las grandes civilizaciones de la historia, desde los sumerios y los egipcios a los romanos, los griegos, los bizantinos y, por supuesto, los árabes.
Y de todo ello han quedado indelebles e impresionantes huellas culturales y monumentales, por supuesto, lo que convierte una visita al Líbano no sólo en un apasionante viaje en el espacio, sino también en un viaje en el tiempo que permite recorrer, íntegramente, la historia de la humanidad.
Perfecto reflejo de ello es, muy cerca de Beirut, el espacio arqueológico llamado Nahr El-Kalb, un promontorio montañoso frente al Mediterráneo en el que todos los monarcas que conquistaron el Líbano dejaron una monumental estela victoriosa acerca de su grandeza incrustada entre las rocas. Maravilla ver, como si de un pétreo álbum de autógrafos históricos se tratara, las huellas de personajes como el rey asirio Asarhaddon, el babilonio Nabucodonosor, el egipcio Ramsés II, el romano Marco Aurelio y, más cercano, el mismísimo Napoleón III, sin olvidar las estelas que los británicos y franceses erigieron con motivo de sus victorias en las contiendas mundiales.
La joya de la corona libanesa, para quienes disfrutan con el turismo cultural, está constituida por los restos arqueológicos de Baalbek, declarados Patrimonio de la Humanidad desde 1984 y que albergan la superposición de diversos templos religiosos, desde el dedicado al dios Baal cananeo a la Heliopolis helenística, llegando hasta el más visible y reconocible templo de Júpiter romano, el más grande de los construidos por el Imperio en toda su historia, de forma que las seis impresionantes columnas que del mismo quedan en pie son las más altas nunca erigidas por los romanos, por lo que no es de extrañar que ocho idénticas a ellas terminaran exportadas a Constantinopla, para contribuir a la portentosa elevación de Santa Sofía.

Templos de Baco y Venus

Pero si colosal resulta el templo de Júpiter, no menos atractivos son los anexos templos de Baco y Venus, componiendo dicha triada monumental un canto a una vida ritual que comenzaría por la purificación en el lugar dedicado a Júpiter, para continuar por la embriaguez de los sentidos en el recinto de Baco y, un poco más retirado, los dominios de Venus se destinarían a la consumación del amor más físico y carnal.
Para los amantes del turismo menos pétreo, dotado de rostro y sensaciones más humanas, nada como un lento y sosegado paseo por los bulliciosos zocos medievales de ciudades históricas, como Tiro o Sidón, para encontrarse sumergidos en un vibrante mar de cuerpos, voces, sonidos, olores y colores que nos recuerdan que estamos en dos de las grandes ciudades-estado fenicias que 'inventaron' el comercio, y cuyos barcos recorrieron incansablemente el Mare Nostrum, estableciendo colonias comerciales en todas las costas ribereñas del Mediterráneo.
Ofertas de compra y venta, ingeniosos reclamos a los transeúntes, regateos, altos en el camino para probar unas aceitunas, el olor del pan recién hecho, un té hirviendo, la música de las radios a todo volumen y las bicicletas serpenteando por las callejuelas del mercado convierten un paseo por los zocos en toda una aventura para los sentidos.
Cruce de caminos entre Oriente y Occidente, los fenicios aprovecharon el privilegiado espacio geográfico que ocupaban no sólo para enriquecerse con el comercio, sino para erigirse en uno de los pueblos científicamente más avanzados del mundo, como la aparición del primer alfabeto utilizado por el hombre vendría a atestiguar. Muy hábiles en las artes aplicadas al desarrollo comercial, sus industrias de la cerámica y el vidrio son afamadas y conocidas en todo el mundo.
Situado en la ruta de las Cruzadas, otro de los paisajes monumentales habituales del Líbano viene dado por los castillos y ciudadelas medievales que levantaban los soldados cristianos que iban a Jerusalén, a recuperar los Santos Lugares. En este sentido, el mejor conservado es el de Raymond de Saint-Giles, en la ciudad de Trípoli, encaramado en lo alto de la ciudad, conservando todo el sabor de las fortalezas del medioevo.